“Los partidos se ganan en las segundas partes”, dicen los más viejos del lugar, y es una afirmación que tiene mucho de verdad si echamos un vistazo a las estadísticas que ofrece uefa.com esta temporada: más del 40% de los goles en competiciones europeas se han marcado en los últimos 30 minutos de partido. Son cifras similares a las de otras temporadas y que bien puede suscribir el Real Madrid tras su encuentro contra el Xerez (marcó cuatro de sus cinco goles en los últimos 25 minutos). Sólo el Barcelona, como en tantas otras cosas, se atreve a discutir las convenciones y las estadísticas marcando cuatro goles en la primera parte frente al Atlético de Madrid y tres contra el Racing de Santander. Aun así, sigo compartiendo la opinión popular de que el resultado se decide en el segundo tiempo, pero yo añadiría que siempre y cuando no lo hayas perdido en el primero.Las razones por las que se marcan más goles en el tramo final de los partidos parecen obvias, y algunas de ellas apuntan a la condición física de los jugadores, aunque explicar este fenómeno únicamente dese la preparación física no deja de ser una visión parcial y reduccionista del juego. Más aún si, como a menudo escuchamos, la solución está en mejorar la capacidad aeróbica, el consumo máximo de oxígeno o la tolerancia al lactato. Esta es una opinión más popular si cabe desde que las retransmisiones de Champions League muestran los metros recorridos por cada jugador. Y el círculo se cierra si, además, escuchamos a entrenadores como Avram Grant destacar hace dos temporadas el rendimiento de Ashley Cole a la vista de la gran cantidad de metros recorridos en cada partido.
Para contradecir esta opinión popular y, sin salir del discurso de la preparación física, les diré que un jugador se pasa más del 70% del tiempo de partido caminando o trotando, y solo un 7% realizando acciones de alta intensidad (sprints, regates, anticipaciones, golpeos de cabeza, tiros a puerta, disputas…). Es decir, las acciones que verdaderamente deciden un partido dependen fundamentalmente de la capacidad del futbolista para acelerar, frenar, saltar, golpear… todas ellas acciones directamente relacionadas con la fuerza y la velocidad. No vamos a negar que el fútbol es un deporte predominantemente aeróbico, pero el partido se gana en situaciones muy breves que requieren la máxima intensidad.
Desde el mundial de Inglaterra en 1966 se han estudiado el número de acciones de alta intensidad que un jugador realiza por partido. Los datos dicen que, en la actualidad, un futbolista realiza tres veces más acciones de alta intensidad de las que realizaba un jugador hace cincuenta años. Crece por tanto el ritmo de juego y, con él, no solo la necesidad de ser más rápido, sino de poder serlo el mayor número de veces seguidas y con la menor recuperación posible.
Pobres aquellos que, para rendir mejor en el tramo final de los partidos, han decidido correr más tiempo en sus entrenamientos. Es relativamente fácil que un deportista entrenado pueda trotar los menos de 60 minutos de juego real que tiene un partido. El problema llega cuando, en los últimos 20 minutos, necesita acelerar y frenar en espacios cortos con la misma exigencia que en el primer minuto.
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